Entre botella y botella de whisky, Lord Jim me solía comentar que un buen pirata no escondía sus tesoros en una isla desierta y lo señalaba con una gran X. Un corsario con dos dedos de frente se disfrazaba, iba a tierra y adquiría valiosas posesiones, bien tierras, joyas, mansiones o arte. Y el que era muy inteligente establecía prósperos negocios, legales e ilegales, donde salvaguardar su dinero.
Con esa clase de negocios (de ambos) es como pasó de ser simple grumete involuntario, lo secuestraron de niño, de un navío pirata a ser gobernador al servicio de Su Majestad. Entre ambas etapas de su vida hubo años de miedo al futuro, de camaradería y de constante vigilancia a sus congéneres.
Por eso nos causo sorpresa cuando, tres días después de su funeral, encontramos entre sus pertenencias un mapa de una isla desierta, con una gran X, hecho con piel humana. Atónitos nos quedamos. Nosotros, sus herederos no dábamos crédito alguno a aquel hecho y nos mirábamos extrañados.
La tristeza que nos había causado su muerte, nos había unido aún más de lo que habíamos estado en su vida. Y el disponer de aquel mapa nos dio un motivo por el cual aferrarnos a su memoria, casi a su presencia física. Les explico esto para que no crean que hemos partido en busca del “tesoro oculto” de Lord Jim, sino para que entiendan que es nuestro particular homenaje a un corsario astuto y aún gobernador ejemplar.
Contramaestre Hawkins. Buque insignia Freestorm. Tercer día.
Al iniciar esta aventura hicimos el pacto de no comentar a la tripulación cuál era el verdadero motivo de la expedición. Ideamos una excusa creíble para personas de nuestra formación y posición social. Éramos intrépidos soldados y científicos en busca de nuevas especies en una isla remota.
Mucho me temo que nuestro falso objetivo ya ha sido desenmascarado. Aunque de manera jocosa, la tripulación no deja de cuchichear sobre los fantásticos y fabulosos tesoros que se van a encontrar en la isla.
Mi temor es que con el paso de los días los ánimos se vayan caldeando y que al descubrir que no hay tesoro alguno pueda haber incidentes e incluso enfrentamientos.
Capitan William Leshire. Buque insignia Freestorm. Noveno día.
Tras una noche de particulares excesos, el científico en jefe Charles Meara propagó en confidencia a los marinos con los que compartía el barril de ron, la verdadera misión de esta expedición.
Dicha revelación se propagó como la pólvora entre la tripulación y tras las alegrías iniciales hubo que prohibir el alcohol, debido a que determinados individuos, tras la ingesta del mismo, predicaban con el amotinamiento como medio para obtener una substanciosa parte del botín.
Es mi misión como Almirante del Freestorm mantener el orden, la calma y la cordura en este navío e imponer la ley de Su Majestad.
Almirante Benbow. Buque insignia Freestorm. Décimo día.
Mis peores temores no se han confirmado, han sido sobrepasados. El recién fallecido Almirante Benbow, con sus llamadas al orden y acciones para restaurar la ley, no ha hecho más que avivar las sospechas de la tripulación y, por ende su violencia.
En el día de hoy hemos tenido que sofocar el motín a golpe de munición. Como resultado hemos conseguido abatir a los líderes e instigadores de la revuelta, y hemos tenido dos bajas. A la muerte del Almirante Benbow, hay que unir la del científico en jefe Charles Meara.
Como buenos cristianos que somos, hemos dado sepultura a los cinco hombres. El mar fue su vida y el mar los acoge en su muerte.
Almirante William Leshire. Buque insignia Freestorm. Día decimoprimero.
Los dos últimos días los hemos mal convivido en tristeza y desolación. Gracias a Dios no existen ganas por parte de ninguno de los hombres en luchar y pensar en tesoros.
Lord Jim me enseñaba cuan importante era tener a la tripulación unida, por un mismo objetivo y en una misma dirección. Por ello, y para que su nombre les traiga algo de cordura, no cejo en el empeño de explicarles la vida y enseñanzas de Lord Jim, así como de los motivos de esta expedición.
¡Los verdaderos motivos de esta expedición! Algunos no terminan de creerse que hombres de bien y con familia, abandonen sus hogares y profesiones para encontrar una nueva lección de Lord Jim. Confío en que sea capaz de transmitirles todo aquello que yo aprendí y que, por ende, podamos llegar a buen puerto.
¡Mañana llegamos a la isla!
Contramaestre Hawkins. Buque insignia Freestorm. Día decimotercero.
¡Maldición! Hemos luchado y matado, nos hemos apoderado del Freestorm. Y ahora mismo hemos dejado a los 20 oficiales y soldados supervivientes al mando del Contramaestre Hawkins. ¿¡¿Y todo para qué!?!?
Ellos tienen el botín y nosotros el barco. Si negociamos y volvemos todos a casa… mucho me temo que no tarden ni dos días en colgarnos a todos. Tenemos que luchar, recuperar el botín y acabar con ellos.
Capitán John O’Malley. Amotinados del Freestorm. Día decimoséptimo.
¿Qué frágil es el ser humano? ¡Como corrompe la avaricia! Habíamos acordado no más motines, no más sangre. Averiguar juntos cuál era lo que ocultaba el mapa y repartirlo a partes iguales entre toda la tripulación.
¡Pero al desembarcar en la isla! Nos dispararon desde el barco, apenas pudimos refugiarnos. El Almirante William Leshire murió cuando uno de los marineros intentó quitarle el mapa, de la batalla tan sólo quedamos 25. A los 5 rebeldes restantes los hemos tenido que ejecutar.
Tan sólo nos quedaba conseguir el tesoro y volver con él para negociar. Era la única esperanza que teníamos de no derramar más sangre y poder volver vivos a nuestros hogares. Y no se puede decir que no lo hemos encontrado.
¿Qué terrible persona dejaría eso como tesoro? ¿Acaso no es consciente de la cantidad de hombres que podrían morir por ello?
Contramaestre Hawkins. Isla de Jim. Último día de la expedición.
A lo largo de los años he ido dejando regueros de sangre, tanto de corsarios como de soldados y oficiales. He sido corsario, contrabandista, empresario y, finalmente, gobernador de una próspera isla, la cual me ha pertenecido en cada una de las etapas y que he acabado legando al Imperio para que dispongan de un futuro próspero.
Durante todos estos años, ha habido multitud de leyendas sobre los fabulosos tesoros que tenía escondidos y ocultos en islas perdidas. Nada más lejos de la realidad, todas mis posesiones y tesoros siempre han estado en el lugar más evidente. En esta isla que puedo llamar mi hogar.
Sin embargo, esas leyendas obligaban a rufianes y enemigos a obtener, por los medios que fueran, ese secreto que les era oculto. Contrataron asesinos, traidores, se unieron flotas enteras de corsarios, asaltaron mis barcos y mi isla, todo para intentar conseguir un supuesto mapa de un supuesto tesoro.
Por ello creé el mapa, en él aparecían las coordenadas de una isla que habíamos descubierto y que solíamos utilizar como lugar de aprovisionamiento y para la reparación de los daños de nuestros barcos.
En aquella isla, además, fue donde mis días como corsario y contrabandista finalizaron. Allí aprendí que incluso el más leal y fiel de los amigos te puede traicionar. Y allí es donde lo mate y donde deje mi mayor tesoro, mi amigo. Dos tibias y una calavera.
Extracto del testamento del Gobernador Lord Jim, encontrado tres años después de su muerte. Isla Magnificencia del Imperio de Su Majestad.